Un método para rezar

Silencia por completo el celular, apágalo de ser necesario.
Mejor aun es que lo dejes en otro sitio, no lo tengas contigo, ni cerca. Ni siquiera apagado.
Elimina toda otra fuente de distracción innecesaria y que esté a tu alcance callar.

Ve a un lugar silencioso, puedes estar en compañía de otras personas o tú a solas.
Si no consigues el sitio callado, en cualquier parte que no seas interrumpido estará bien.

Cierra tus ojos.
Inclina un tanto tu cabeza hacia delante, pero sin forzar tus músculos.
Debes estar en estado de calma y reposo de cuerpo, mente y alma.

Deja tus manos colgar a cada lado de tu cuerpo. Algunos sabios aconsejan poner tu mano más hábil cubriendo tú mano más débil y ambas a la altura del pecho. Como te sea más cómodo está bien.

Puedes estar de pie o sentado, prefiero personalmente estar de pie, con las piernas juntas.
Aunque estés parado, no te obligues a estar rígido, por el contrario deja a tu cuerpo que se acomode.
Para algunos es sumamente valioso mecerse, de izquierda a derecha, o delante para atrás. Con el ritmo y cadencia que surja naturalmente, sin obligarse a nada.
No es una competencia, no hay decretos por cumplir.
Simplemente permitir que el cuerpo se sumerja en el ecosistema, sin agobios.

Inspira lenta y profundamente, a través de la nariz, lo máximo que puedas pero sin forzarte.
Retén el aire en tu interior, unos siete segundos, pero no te obsesiones con el detalle.
Luego exhala lentamente, hasta sentir tus pulmones que se vacían y con ello se va escapando tus sentimientos oscuros.
Imagina como cada bocanada de aire te trae frescura, liberación, conexión con el Todo.
Ve con tu imaginación como el aire expulsado arrastra aquello que te ahoga y mortifica.

No te obligues a pensar en nada, no digas nada, no busques nada.
Simplemente sé.

Cuando aparezca una imagen en tu mente, mírala, pero no te aferres a ella, déjala correr.
Permite que tu cuerpo se acostumbre a esta relajación, que tus pensamientos se aflojen.
No estás para controlar nada, solo estás para conectarte con tu ser y con el Cosmos.

Cuando sea, sentirás que ha llegado el momento de hablar.
Lo harás en voz bien baja, apenas que tú puedas oírte.
Para muchos es maravilloso canturrear y no meramente hablar secamente. Con un canto que brote de tu inconsciente, sin seguir notaciones, solamente liberarse para que la expresión sea plena.

Si no sientes que es tiempo de hablar, no lo hagas.
Solamente quédate aspirando y expirando, dejando a la mente divagar siendo consciente de cada pensamiento y sensación, pero sin aferrarte a ninguna.

Si hablas, dirígete directamente al Padre celestial.
Puedes llamarlo Padre, Hashem, Padre Celestial, mi Dios, mi Señor, Creador, Tátele Zis, Eterno, Rey, Abí, Elohai, Elohim.

Salúdalo, como saludas a un allegado muy próximo, pero al mismo con el respeto que se le debe a una gran autoridad.
Y luego, pídele cosas colectivas, o generales: paz en Cercano Oriente, salud para tal o cual persona, bendiciones para tu familia, prosperidad para tu comunidad, en fin, lo que tú quieras, con la única condición que NO sea nada para ti.
Tampoco exageres en tus solicitudes, ni decretes previamente que algo está vedado para Él.

Luego, haz una pausa.
Mantén el silencio mientras te sientes ante Su Presencia.
Es el Rey de reyes, una realidad por completo incomprensible pero presente.
No trates de imaginarLo, ni de describirLo, ni de filosofar o pretender limitarlo.
Simplemente sé consciente de que estás ante Él constantemente y que ahora te das cuenta cabalmente.
Advierte su infinito Poder que domina el Universo y lo que hay más allá de él.

Entonces, agradece por todo lo que tienes: salud, dinero, amor, trabajo, éxito, tal o cual cosa. También por aquello que no sientes tan agradable, o que objetivamente es juzgado como negativo.
Por todo, agradece con sinceridad. Y no apabulles, no es necesario ser extremista ni llegar a la falsedad montado en las buenas intenciones.
Si honestamente no encuentras coherente agradecer por lo malo, no lo hagas.
Lo relevante aquí es la sencillez de la sinceridad.
Y darse cuenta de lo que sabías antes de esta instancia así como lo que estuvo siempre allí pero tu mente no lo llegaba a entender.
Percibe la Sabiduría del Padre Celestial que te abraza y rectifica.

Luego, haz silencio.
Inspira profundamente.
Y entonces, pide dos o tres cosas para ti, sin exigir, sin ordenar, sin pretensiones absurdas (recuerda que tú eres el siervo, Dios es el Rey), pide lo que te salga del corazón y que sea modulado por el pensamiento.
Es el momento de ser positivamente egoísta, sin cohibirse por ello, sin privarse de la posibilidad del goce de lo permitido y correcto.
Pide, confiando.
Pide, pero sabiendo que tú eres limitado y vives en un mundo enorme pero que es la nada misma ante Él.
Experimenta el Juicio del Padre Celestial que te rodea.

Haz una pausa, recuerda pedir perdón honestamente por lo que quieras arrepentirte.
Que sea un pedido que viene acompañado de la verdadera intención de recomponer lo que fue dañado por tu conducta.
Que sea un compromiso para mejorar al terminar este intenso momento de contacto con la Divinidad.
Y si es de algo que causaste a otra persona, deberás ir hacia ella y hacer lo necesario para recomponer la situación.
Siente el Amor del Padre Celestial que te cubre y nutre.

Inspira profundamente.
Mantén el silencio.
Y despídete con sencillez.
No hagas alardes ni filosofes, no rebusques, ni proclames consignas.
Con humildad despídete, sabiendo que en ningún momento dejamos de estar ante su Presencia.

Abre tus ojos, y vive…

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