Bondad excesiva = sufrimiento

Te invito a jugar una adivinanza y luego a reflexionar juntos.

Hay un solo elemento creado en nuestro entorno más cercano que está continuamente brindándose generosamente al resto de la creación.

Es sumamente poderoso.
Por eso los antiguos politeístas lo identificaban con una gran deidad.

Nada ni nadie le devuelve su constante entrega, porque no tenemos en realidad manera de hacerlo.

Él (o ella en hebreo) no precisa absolutamente nada de nadie, tampoco de ese microscópico ser que es el humano.
Y aunque precisara de nosotros algo, no tenemos qué darle ni cómo hacérselo llegar.

Pero, aquellos pasados politeístas igual se las ingeniaron para inventar muchos rituales y cuestiones con los que creían sinceramente estar satisfaciendo apetencias o carencias de su deidad súper potente.

Es un elemento relativamente cercano, en la visión cósmica de las cosas; pero aunque nos pongamos en marcha hoy nunca llegaríamos a su lugar de “residencia”.

¿Te animas a adivinar de quién estoy hablando, sin mirar un par de líneas más abajo?
¡No hagas trampas!

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Estoy refiriéndome…

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… al sol.

Por ahora viene marchando sin ninguna pausa, pero ni un ratito chiquito se tomó para descansar en la inmensidad de siglos que viene funcionando.
Todo el tiempo desparramando su energía por doquier, provocando infinitas consecuencias, de las cuales tenemos ideas de algunas pero ni siquiera imaginamos aún otras.

Es promotor de vida, de expansión, de poderío.
Es promotor de destrucción, de caos, de catástrofes.

Es por completo ajeno a nosotros, y en verdad a cualquier otra cosa.
Su tarea es automática, programada y puesta en funcionamiento por el Creador.

A pesar de que parece eterno, que así nos quiere impresionar y así nos lo venden las religiones solares (algunas de las cuales siguen activamente existiendo hoy día, aunque a veces se hagan pasar por monoteístas).

Pero, su tiempo se está agotando.
Llegará el día, muy muy lejano en esta galaxia, que ese puntito fogoso y poderoso (infinitamente chiquito en comparación al resto de la galaxia y ni que hablar del universo), que también el sol morirá.

Si te interesa saber más, consulta con un experto en ciencia, no en magia o religión por favor.

Yendo a lo nuestro, sí, el “inagotable dador” que es el sol, también se agotará.
De tanto emitir su energía gratuitamente al cosmos, terminará asfixiado. Desaparecerá.

Porque de lo creado, o sea, de todo el universo, nada puede regalar su energía, sus recursos, infinitamente.
El único que puede dar sin parar y por toda la eternidad, es el Padre Celestial… ¡pero Él no es creado!

Así pues, la bondad debe estar compensada de alguna manera, porque hasta el maravilloso sol también se morirá por su entrega generosa.

¡Cuánto más el minúsculo ser humano con su pequeñito reservorio de energía y limitadísima capacidad de recursos!

Si no ponemos límite a nuestro dar, terminamos en la ruina.
Es por ello que los Sabios, en su espectacular visión de la Realidad, nos imponen un límite hasta para la TZEDAKÁ (lo que generalmente se traduce como caridad, compartir con el necesitado, impulsar la justicia social).
Porque como seres limitados, precisamos la regla que nos limita también a la hora de dar.

Entonces, si somos los que beneficiamos, tengamos en cuenta que no es bondad pasarnos de la raya, porque nos estamos poniendo en riesgos múltiples, porque nos estamos condenando a sufrir y no es la idea que tuvo el Creador cuando nos ordenó ser solidarios, ni lo que se espera concienzudamente que realicemos.

Pero, no queda aquí la reflexión.
El acto de dar representa tu poder, tu acción manifiesta de un poder sobre otro: el receptor.

En principio quien recibe se alegra, disfruta, derrocha, cuida lo recibido, lo malgasta, lo que sea que haga.
Y la pasa bien, si está recibiendo y el único mérito es que tú le estás dando y él está recibiendo.

Pero, como bien nos enseña la sagrada Tradición, tarde o temprano el receptor pasivo se enfrenta a la angustia de sentirse y saberse impotente.
De no producir su bienestar.
De estar en situación de dependencia.
De quedar a la deriva en caso de faltarle la bondad que viene de parte de otro.
De no tener real mérito que justifique su acopio.
De estar indefenso y sin prepararse para andar por sus propios medios.
Es lo que se llama “pan de la vergüenza”.

Dios no quiso eso para nadie, por lo cual nos dio herramientas para obtener nuestro mérito, tanto en lo material como en lo espiritual.
Es por ello, en parte, que nos ordenó cumplir determinado número de mandamientos, para que el premio sea justo y no por una dádiva que nos humilla y somete a sentir la impotencia.

Para que generemos placer, para que podamos ser socios de Él, para eso está la maravillosa posición de trabajar, de crear, de generar, de esforzarse, y no solamente ser pasivos recaudadores de bondades que terminan siendo malestares.

Por ello, si no quieres perjudicarte ni perjudicar a tus hijos, enséñales desde chiquitos a colaborar en las tareas de la casa. Que aprendan que no todo viene en bandeja. Que sepan que el pan casero es más sabroso, aunque no tenga el mismo gusto material que el fabricado por un profesional.

Aprendamos de una buena vez que el Señor es quien ha dicho que debemos hacer bondad Y justicia.
Encontrar el equilibrio adecuado entre ambas, porque ninguno de los dos extremos promueven la vida.

¡Ni siquiera de estas dos cuestiones que son tan sagradas y valiosas!
Con humildad demos, con humildad recibamos.
Hagamos que pobre sea rico, permitiéndole que genere su riqueza no sometiéndola a la esclavitud moral del paternalismo (actual progresismo).

Porque si seguimos dando con continua bondad, nos asfixiamos y asfixiamos al otro.
Eso genera, tarde o temprano, malestar en uno y otro.
Aparece el conflicto, y la bondad provocó el sufrimiento que podría haber sido evitado con conciencia y sabiduría.

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