Qué nos une en el disenso

Suele pasar que uno no debate para acercarse a la verdad, ni siquiera para negociar y/o encontrar algún entendimiento; sino que se discute para imponerse, dominar, sentirse poderoso.

Así pues, tenemos el debate en el cual no se pasa a las agresiones, ni los insultos, ni la violencia, ni las tretas para lograr una victoria.
Por el contrario, se intercambian opiniones, puntos de vista, ideas, conocimiento, pareceres, sentimientos, creencias; con el objetivo de encontrar puntos de entendimiento, y hasta puntos de conflicto si fuera el caso; pero que al final derivan en conseguir ampliar la conciencia, el conocimiento, la percepción, la perspectiva, el entendimiento, el vínculo con el otro.
Quizás no se llegue a algún acuerdo ni se termine satisfecho con la decisión de compromiso, pero en el trabajo de acuerdos y negociación está la gran adquisición, más allá del resultado final en cuanto a la resolución del tema inicial que motivo el intercambio.
Por ahí uno tenía razón, quizás el otro, quizás ninguno de los dos; lo que importa no es demostrar el poder de uno sobre el otro, sino la disposición para aprender.

En cambio en la discusión lo que prima es el deseo de supremacía.
Aquí sí interesa tener la última palabra, ser quien tiene la razón.
Porque el intercambio de información no busca aproximar a las partes, ni a éstas al conocimiento, sino dejar en claro quien está en posición de poder y quién en impotencia.
A la verdad, cuando se está enfrascado en estas discusiones no termina por haber vencedor, porque hasta el que ganó la pelea es un perdedor.
El fracaso está en la base y en la cima de estos altercados, y cuanto más fuerte se hace la voz y más doloroso el insulto, menos conciencia y conocimiento hay presente.

Entonces, en la próxima vez que te toque disentir sobre cualquier tema, tienes la opción de ir por el camino del diálogo y el crecimiento; o andar por el camino de la incomunicación y el estancamiento en el pantano.

Si ambos están de acuerdo en polemizar, ¡qué bueno!
Si ambos se embarcan en la guerra de tener la razón, ¡qué triste!
Pero, y si uno quiere el intercambio franco y el otro el pleito de dominación: ¿Qué hacer?

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