El arte fangoso de la queja

La queja es una conducta secundaria del EGO.
Esto quiere decir que no nacemos quejosos; quejosos nos hacemos.

La queja es una conducta que aprendemos, aunque esto no significa que necesariamente hayamos tenido adultos quejicas a nuestro alrededor enseñándonos esta ineficiente y deplorable conducta.

Si bien es cierto que muchas veces al tener un modelo de adulto quejumbroso, podemos ir incorporando a nuestro repertorio de reacciones automatizadas la lamentación.

Pero también podemos armarla por nuestra propia experiencia de vida, al basarnos en las herramientas naturales y primarias de llanto y grito, que las vamos mixturando y transformado en una conducta pasiva-agresiva.

A la hora de la terapia podría resultar un aporte valioso (aunque no imprescindible) desentrañar cómo fue el proceso de formación e instalación del ánimo disgustado y reclamante, pero ahora no nos enfocaremos en ello.

Lo que nos interesa saber es que allí está ese resentimiento llorisqueado, la protesta estéril que no produce cambios, el disgusto regurgitado y sin propuesta de resolución.

Los que nos importa ahora considerar es que si nos la pasamos quejando por decisiones que tomamos y no emprendemos nuevas elecciones reparatorias, ¿de qué sirve tanto malestar vomitado y vuelto a comer?

¿Acaso nos hacemos más fuertes y felices nadando en el mar de nuestras lamentaciones?
¿Acaso generamos un ambiente agradable y de comunicación auténtica cuando disparamos el disgusto sin proponer acciones constructivas?

Toda la energía que dedicamos a la queja, a la protesta por decisiones pasadas, ¿no sería mejor recuperarla para que la pudiéramos enfocar en edificar un presente más brillante?

¿O acaso esperamos un futuro armonioso y saludable cuando seguimos tomando las decisiones equivocadas ahora, por no despegarnos inteligentemente de las reacciones oscuras de nuestro EGO?

Si pude expresarme con claridad y pudiste comprender mi enseñanza, creo que pudiera ser de mucho valor.
Tú dirás… ¡pero que NO sea con reproches!

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