El agresivo impotente

Cuando la persona cuenta con recursos para responder, probablemente no permita que el impulso de reaccionar se dispare.
Porque, recordemos que la reacción se da automáticamente, sin reflexión, proviene de los instintos o de los aprendizajes que han sido internalizados y convertidos en hábitos.
En tanto que las respuestas se elaboran racionalmente, en mayor o menor medida, tomando para ello un mayor tiempo y esfuerzo, atención y voluntad que las reacciones.

Obviamente que no siempre las respuestas son acertadas, ni certeras, ni inteligentes, ni apropiadas; pero se dedicó esfuerzo y deseo para sobreponerse a la mera reacción.

También tengamos presente que en ocasiones lo que es necesario e indispensable es la reacción y no la respuesta. Por ejemplo, si se nos viene un camión encima no es tiempo para reflexionar y meditar la respuesta inteligente; es tiempo de saltar y ponerse a salvo sin pensar, permitiendo a la naturaleza hacer su parte.

El problema es que en estas sociedades que estamos formando se ha convertido en costumbre estar en constante estado de estrés negativo, sintiéndonos atacados, sintiendo la impotencia y por tanto sintiendo también la reacción brotar automáticamente y pretender imponerse en nuestra conducta.
Esto no soluciona nuestro estrés ni resuelve la disfuncionalidad de la sociedad, y de nuestra vida; por el contrario agrava todo lo que debiera mejorarse.

Entonces, la agresividad, que es típica manifestación del EGO ante el sentimiento de impotencia, está a flor de piel. Por cualquier cosita ya reaccionamos agresivamente, involucrándonos en espirales enfermizos de acciones-reacciones de impotencia.

Es bueno aprender todo esto y implementar las técnicas que nos permiten tomar cierto control sobre nuestra vida, dotándonos del manejo de nuestro poder, en lugar de malversarlo en imposturas del EGO.

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