El fin de la relación de pareja

1-
Hay relaciones de pareja que terminan antes de que se den oficialmente por finalizadas.
Puede ser que uno o ambos lo ignoren, pero algo sienten, o intuyen; lo más probable es que estén negando las evidencias, reprimiendo sus sentimientos, secuestrando el razonamiento.
¿Será el temor que los obliga a esclavizarse a una vida de amargura sin sentido?

Siguen pegados, como si algo valioso los uniera más allá de sus excusas y engaños para negarse a tomar una decisión que se imagina dolorosa y evitable.

2-
Hay otros que se quedan juntos y saben que el asco los une. O, siendo menos extremos, es el desagrado de tener alguien al lado, que no se ama, que no se soporta, pero uno siente que no tiene alternativas más que continuar emparentado con quien no es un pariente.
Es un extraño, o es un viejo conocido que está ahí, como mueble roto que no se termina de quitarlo de en medio.

Acá se es plenamente consciente de la decisión, acertada o no.
No juegan a nada místico ni a trampas emocionales, sino al mero pragmatismo.
Pero tiene por lo general un tremendo coste emocional y de salud física.

3-
Están los que van viviendo el desgaste de una relación que va cuesta arriba en algunos aspectos, y cuesta abajo en otros.
Perciben todos los signos del deterioro, se dan cuenta de las rencillas, del desamor, de la indiferencia.
Plantean separaciones mentalmente, pero por ahí lo intentan una vez más, quién sabe si ahora podrán zurcir ese trapo roto que es su relación.

Hasta que llega el momento que no se soporta más, o simplemente es el paso siguiente necesario.
Entonces se produce la ruptura, liberadora.

4-
Están los que se han separado por divorcio, distanciamiento, muerte, “desaparición”.
Los cuerpos no siguen en cercanía, pero las emociones se mantienen atadas.
Hay una cuerda anudada que no ha sido desatada y que los tiene pegados.

Puede que por lo bueno o por lo malo.
Tal vez negocios en común, una mascota, hijos, o vaya uno a saber las vueltas de la vida.
O la enemistad, el rencor y la venganza, el reproche y la queja, los pleitos y disputas.

O un amor diferente, que ha cambiado de ser el romántico, de pareja, para ser otro tipo de amor.
Uno de compinches, de compadres que se conocen las mañas, de gente que puede sobrevivir a una amistad pero no a un vínculo de pareja.

Entonces la relación como la venían viviendo está terminada y se ha iniciado otra.
Para bien, para mal.

5-
Los que se dieron cuenta de que la imagen de su pareja no coincide con aquella de la cual se enamoraron, hace tiempo (mucho o poco).
Y que probablemente su imagen tampoco sea idéntica a la que el otro conociera entonces.

Son legalmente  los mismos, vivencialmente son otros.
La convivencia también ha tenido sus efectos en esta mutación.

Entonces, aquella relación del pasado está muriendo, o ya murió.
Tú no eres aquel, la otra persona no es aquella.
Hoy son esto que son ahora, aquí.

Por tanto, es necesario dejar morir esa relación para que renazca de inmediato una nueva, adecuada a la actualidad, saludable.
Es construir la relación de pareja a diario, con cada contacto, con cada interrupción.

Pero, ¿cuántos dejan de mirarse el ombligo imaginario?

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