A quien puedes cambiar

Todo en este universo es limitado, quizás hasta el propio universo (no tengo idea, pero supongo que así es).
El único infinito e ilimitado es el Creador, aunque de alguna forma (saber cómo no puedo, imaginarlo ni quiero) Él nos hizo un espacio y un tiempo para que pudiéramos existir.
Aquí estamos, chispas divinas pero en una existencia llena de impotencias.

Nuestros recursos se extinguen.
Algunos los podemos recuperar, otros conseguir nuevamente, pero los hay que desaparecen para no regresar, como por ejemplo el tiempo.

Tiempo que se fue, un recurso que no se repone.
Por tanto, cada segundo debiera ser de utilidad y no desperdiciado.

Y sin embargo, derrochamos el tiempo (y otros recursos) en pereza o en actividades que no tienen beneficio alguno, y hasta en cosas que perjudican.
Uno de estos gastos lamentables es en el empeño de pretender cambiar a otra persona, en particular en lo que hace a sus actitudes y conductas.
Pero lo cierto es que cada uno es el autor de sus propios cambios, ya que nadie puede vivir la vida de otro.

Solamente tenemos cierto ascendiente sobre nuestros hijos, y nada más durante un breve período, tras el cual tampoco conseguiremos cambios beneficiosos impuestos.

El cambio de conducta depende de cada uno.
A veces las desgracias motivan a mejorar, en otras no.
Con algunos son las privaciones y sanciones los que llevan a cambiar, pero con otros no funcionan.
Y así podríamos extendernos, pero no lo haremos.
Simplemente concluiremos este encuentro con esta moraleja: emplea tus recursos para cambiar tu conducta, para llevarte a niveles superiores allí en donde puedas.

Cuando tú cambias, de cierta manera provocas que el otro cambie sin demandar de él ese cambio.

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