La trastienda del Don Juan

Me preguntaba el otro día un conocido por las motivaciones que llevan a un hombre a estar en constante búsqueda de contactos sexuales con diferentes mujeres.
Le extrañaba sobremanera que su amigo estaba felizmente casado con una bella y sexualmente activa mujer, de la cual se declaraba enamorado y profundamente satisfecho en su relación íntima con ella.
Pero, era insaciable en su anhelo por más mujeres, saltando como picaflor velozmente, aunque luego volviera al nido que había formado.
A todo esto, la mujer no tenía idea de las picardías de su esposo, o al menos eso es lo que él le contó a su amigo, que estaba conversando conmigo.

El “donjuanismo” no es algo novedoso, y ha venido siendo analizado y explicado desde hace mucho tiempo.
Es la compulsión de algunos varones por conquistar diferentes mujeres, no encontrando el sosiego con ninguna.
Son seductores, hábiles, enamoradizos, convincentes, pero al momento de concretar la conquista, pierden el interés y van en busca de otra presa.

Mientras “trabajan” su conquista, pueden ser grandes estrategas, o impulsivos. Eso va de acuerdo a su personalidad, o quizás también a la oportunidad.
No está en su dedicación y planificación su principal rasgo.
Lo indispensable, cualquiera sea la manera de alcanzarlo, resulta ser la medalla romántica conseguida.

De esta forma, las mujeres no son consideradas en su multidimensionalidad, ni valoradas como personas, sino tan solo representan trofeos, triunfos que sumar a su cuenta.
Para lograr su objetivo, manipulan, trampean, dicen y se desdicen; todo vale en este juego al que ellos viven como vital.
Porque, cada mujer es un desafío, cada conquista una victoria para amontonar en su baúl de medallas.

Por supuesto que no forman vínculos profundos ni sensibles.
Tampoco permanentes o estables.
Se quedan en el intercambio fugaz, en el reto a vencer, en el sentimiento de éxito que se evapora al poco rato de conseguido.

En caso de terminar en una relación formal, vaya uno a saber ahora el motivo, lo más probable es que su afán manipulador y conquistador no desaparezca.
Por ahí queda mitigado por un rato, o actuando en las sombras.
Puesto que no es hombre de una sola mujer, ni su interés se encuentra en establecer nexos significativos.

En la cultura occidental se lo suele (¿solía en la segunda década del siglo XXI?) tener en gran estima, al menos entre el colectivo de ciertos varones.
Porque es un ganador, el tipo que no deja títere con cabeza.
Uno que hace como quiere y no le debe explicaciones a nadie.
Va de fiesta en farra, pasándola bien y sin compromisos ni cargas.
El típico conquistador, envidiado y temido por más de un hombrecillo.

Tal vez esta imagen esté cambiando actualmente, o por ahí no es políticamente correcto hablar mucho del tema. No lo tengo claro.
Lo qué sí es un hecho que personajes como Don Juan no van a desaparecer tan fácilmente, como tampoco las “Doñas Juanas” (las cuales siempre existieron, pero se tornan más visibles en nuestra era, presumo yo).

Pero, ¿qué esconde el mujeriego con su conducta?
Porque esa es, básicamente, la pregunta que me hizo el buen señor que dio paso a este estudio.
(Esto que viene a continuación podría aplicarse en líneas generales, con algunos retoques, tanto para el homosexual que anda saltando de un encuentro a otro, como también con la mujer seductora).

Entonces, demos seis posibles respuestas.

1- Su personalidad inmadura, insegura, requiere de aseguramientos constantes.
Cuando consigue el favor de alguna dama, es que se siente victorioso, reconocido, valioso.
Lo cual alimenta su escasa autoestima.
Si no tuviera esos éxitos, se derrumbaría en la angustia; sería corroído por dentro por sus dudas y flaquezas.
Como un adicto anda vorazmente persiguiendo su próxima dosis, que le nuble la conciencia, que le impida chocar contra su impotencia.
En su caso la droga que lo excita es el placer del poder sobre las mujeres, el lograr la conquista romántica. Quizás también haya algo de placer sexual, pero no lo pondría en el primer lugar de los estimulantes en su accionar.
Podría haberse centrado en la obtención de otros trofeos, como títulos, plata, amistades, cargos, vínculos comerciales o políticos, o vaya uno a saber. Pero en su tejido interno, en su Sistema de Creencias seguramente está la figura femenina erigida como un símbolo doble: de poder inmenso y de extremo peligro.
Por tanto, al hacer caer en sus redes a las damas, de cierta forma estaría doblegando su inseguridad, poniéndose a resguardo… momentáneamente. Porque sus dramas internos no se solucionan con fantasías externalizadas.

2- Ser parte del sostén de una relación estable y comprometida resulta una tarea angustiosa, insoportable.
Porque en verdad, no es más macho el que más conquistas femeninas alcanza, sino aquel que puede lidiar con los altibajos de una relación de pareja.
Esto último es un reto para el cual se sienten incompetentes, sin preparación ni posibilidad.
Por lo tanto, emprenden la huida hacia delante, un escape “positivo” (no es un juicio de valor, porque de serlo sería negativo).
Corren al abrazo con otra dama, expulsan sus demonios atemorizantes con los nuevos sabores y deleites; pero bien pronto se desvanece la novedad y vuelve el terror a instalarse.
Por lo cual, un nuevo desafío a su “hombría” se impone como irrenunciable.
Ciertamente, en esta imagen idealizada de superioridad encuentra un bálsamo a su debilidad interna tan profunda.

3- Tiene un enorme, espantoso, innombrable terror a ser abandonado.
Por tanto, no se ata a nadie.
Por tanto, él es el que abandona.
Porque, nadie te puede dejar si tú lo dejas primero.
Y nadie te puede hacer sufrir, si tú no formas lazos significativos.
Es una desesperación mortal lo que lo estaría impulsando, un miedo atroz a no caer en ese pozo irrecuperable del abandono.
¿Será que padeció horribles situaciones similares en su infancia, cuando no tenía mecanismos maduros para recuperarse?
Es un asunto para indagar personalmente en su terapia, pero no quedarse anclado al pasado ni haciendo arqueología, sino tan solo como curiosidad…

4- Siente profundas inclinaciones homosexuales, pero por algún factor (social, educativo, moral, lo que fuere) le resulta por completo inaceptable.
Por tanto, encubre sus verdaderas tendencias con su opuesto.
Su voracidad oculta su amargura.
Su placer es imaginario, porque es repulsión lo que siente.
Pero está encapsulado en celdita mental, atrapado por la red del Sistema de Creencias. Por tanto, vive una vida ajena, prestada, malgastada.
Por ello también su otro placer, enfermizo, está en destruir a las hembras, desterrarlas, que pierdan su presencia.

5- Cumple un rol complementario al de la mujer que desea sentirse un trofeo.
No, no es echar culpas a las mujeres de lo que haría este hombre.
Pero sí es notar que existen tipos de mujeres (así como de hombres, por supuesto) que su Sistema de Creencias les impulsa a buscar/crear un hombre mujeriego para “que las conquiste”. En realidad, son ellas las que producen la sensación de que el Don Juan tiene control sobre ellas, pero en lo profundo, son estas mujeres las que están manipulando a este débil hombre para que satisfaga sus necesidades emocionales.
Imagínate qué poderosa se sentirá la dama que hace creer al cazador que la ha cazado, pero en verdad es él el que cayó en la trampa.
O, la fantasía de muchas mujeres, de reformar al hombre complicado y por eso parecen elegir al brusco, tosco, mal tipo y dejan pasar por el costado a los tipos amables, buenotes, amorosos. Algo en el interior de estas féminas las ata a malos modelos de varón, como si quisieran redimir alguna cuestión propia de su pasado.
Es un tema complejo, pero que vale la pena analizar algún día.
Y repito, por si acaso: ninguna víctima de maltrato es culpable de la acción repulsiva de su atacante.
Ningún hombre tiene derecho a maltratar a ninguna mujer, y viceversa también es cierto.
Todas las relaciones humanas debieran basarse en los principios de bondad y justicia, ¿queda claro?

6- Como en toda relación humana se juega una pulseada de poder.
Porque en la base de cada una de nuestras interacciones está el péndulo que oscila entre la impotencia y el poder.
Por ello el aventurero sexual ha encontrado ésta como su forma de surfear su angustia de impotencia, gracias a las habilidades que ha aprendido, y alguna que otra condición natural para seducir, manipular, atraer y repulsar.
Su beneficio está en sentirse poderoso, en controlar (supuestamente) las situaciones en las que se envuelve.
Las mujeres son solo peones en su juego.
El enroscamiento sexual es simplemente parte de la tarea.
Lo único que importa es no ser impotente, por tanto ser quien domina.
Si de paso se obtiene algún placer extra, es un beneficio secundario, no lo fundamental.
Especialmente en esta sexta respuesta se explicaría también el orgullo que siente el “pirata” al estar engañando a su media naranja, las pillerías que realiza sin ser atrapado, las tramoyas que arma para continuar con sus aventuras alocadas. Porque con ello está ejerciendo un truculento poder sobre su cónyuge, lo que aumenta su sensación de oscuro placer.

Bien, hasta aquí un breve estudio para explicar un poco lo que podría estar pasando en la trastienda del Don Juan (y cuando aplica de la Doña Juana).
Ahora toca el turno de encontrar una enseñanza espiritual en todo esto… pero eso te lo dejo a ti.
Espero tus comentarios aquí debajo.

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