Cómo parar el ciclo de la alarma al caos

Es normal sentir la frustración, fue puesta en nuestro sistema por el Creador para indicarnos que estamos enfrentando una situación de impotencia.

Tal como Él nos dotó de la capacidad de percibir el dolor, lo cual nos alerta que estamos recibiendo algún daño físico y es necesario movernos, cambiar algo, o lo que fuera para que el dolor desaparezca porque se detuvo los que nos estaba afectando.

Con la frustración es parecido, solo que no estamos siendo dañados físicamente, pero sí estamos involucrados en una situación en la cual estamos restringidos en nuestro poder.

Como toda señal de alerta su función es precisamente esa: alertarnos de algo.
Por lo cual, tras el aviso deberíamos desactivarla y, antes o después, proceder a remediar lo que la provocó.

Pero el ser humano ha seguido caminos evolutivos muy convulsionados que nos alejan de la sencillez y armonía originaria.
Entonces, en vez de apagar la alarma (detener la frustración), la mantenemos activa.
Y nos damos manija con pensamientos negativos.
Y añadimos creencias que nada tienen que ver, pero que aumentan el malestar.
Y provocamos otras situaciones de impotencia paralelas, que agravan nuestro malestar, lo que dispara nuevas alarmas y más fuertes reacciones instintivas.
Y nos seguimos dando manija quejándonos, y recurriendo a “consejeros” que solamente empeoran nuestra creencia tóxica.
Y reaccionamos desde la impotencia, provocando cadenas de acontecimientos que nos perturban aún más.
Y además, nuestro sistema de alerta diseñado para salvarnos de situaciones repentinas y esporádicas, está de continuo encendido, porque vivimos en desequilibrio a causa de relaciones sociales forzadas.
Y nos llenamos de religión, superstición, deseos de magia en lugar de limpiar de escombros nuestra mente y construir un pensamiento claro, racional, orientado espiritualmente.
Y nos llenamos de adicciones para tapar el caos que es nuestro interior, o nos mentimos con todo tipo de idolatrías e ideologías perjudiciales (que son otro tipo de adicciones).
Y guardamos el enojo como si de un tesoro se tratara, en lugar de expulsarlo de manera controlada y edificante.
Nos llenamos de fracasos, de imaginaciones contaminadas de sufrimiento, de rabia, de reacciones turbias, de violencia, de falta de comunicación, de conflictos, de soledad de abandonos… ¡es una pesadilla y no podemos despertar!
Todo sazonado con mucho miedo, mucha angustia, mucho sufrimiento, mucha impotencia.

Resumiendo, un descalabro que se magnifica y parece no tener fin.
La primera señal de impotencia, saludable y necesaria, cuando fue mal trabajada nos fue haciendo caer en un abismo espantoso y sin fin (aparentemente).

Es necesario que aprendamos a elaborar, o encontrar, alternativas que sean de poder.
Es imprescindible un entrenamiento, Coaching Espiritual, que nos lleve a un mejor estado de salud.
Es posible.
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