Salvo por amor

Sería buenísimo que cada niño (y claro que niña, para ser modernos e inclusivos) fuera producto del amor y viviera el mismo sentimiento/conducta amorosa durante toda su vida.
Pero sabemos que no es así.

La Torá nos cuenta de un personaje que indudablemente fue gestado por amor, cuidado con amor, salvado en amor, nutrido de amor y que todo esto lo llevó a vivir con bondad y justicia, haciéndolo lo humanamente posible para establecer el amor en su entorno y en toda la humanidad.

Sus padres se habían separado para que su relación amorosa no produjera un hijo, pues no querían que éste muriera terriblemente, ya que había un decreto real para eliminar a cada bebe que naciera en esas fechas.

Sin embargo, la hija de ambos convenció al padre de que debía triunfar el amor por sobre el decreto de muerte; por lo que sus padres volvieron a juntar sus vidas y de este reencuentro se gestó al niño del amor.

El bebe nació prematuro, en un período en el cual la persecución era espantosa, espías y delatores rondaban por doquier; la sangre de las pequeñas víctimas de la atrocidad corría libremente. Era un tiempo de caos y furia, de miseria y dolor.
Sin embargo, el amor de la madre por su cría fue más poderoso que el terremoto moral que los devoraba. Ella cuidó, con gran riesgo para sí y toda su familia, del pequeño.
Lo alimentó con su cariño, le abrazó con su ternura.
Pero la realidad cruel golpeaba a la puerta, por lo que en un acto de martirio sin par, el niño fue abandonado con la esperanza puesta en el Creador de que sería salvado y sobreviviría. Esto era algo imposible en su hogar, con su familia.
Por tanto, en una paradoja del amor, la amorosa madre se despojó de su hijo, lo abandonó, para que pudiera vivir.

El pequeño fue recogido por la persona menos pensada, la que estaba primero en la lista para asesinarlo en caso de encontrarlo. Sin embargo, fue más fuerte el amor y el crío fue adoptado, protegido, resguardado de todo el mal que estaba atacando a otros como él en el reino.

El niño fue amamantado por su madre, porque en uno de esos giros que parecen del destino, fue su madre la que contrataron para alimentarlo y también para darle más amor y para educarlo en esas enseñanzas que permanecen en lo más profundo de la mente.

El niño creció, rodeado del afecto de su madre adoptiva, quien le cuidaba de los peligros de su entorno, porque la comodidad material estaba acompañada de graves acechanzas. Cada minutos podía ser el último, y sin embargo era tan fuerte el amor de la madre subrogante (y ocultamente de Dios) que las amenazas se desarticulaban.

El niño llegó a una edad en la cual pudo empezar a manifestar acciones de amor.
Al ver una terrible injusticia, de un poderoso sanguinario en contra de un indefenso miserable, no dudo en ponerse a la defensa del necesitado; aunque eso le costara problemas más tarde.
Estaba devolviendo tanto amor con gestos de verdadero amor.
Al otro día veía una agresión entre pares, gente empobrecida en todo sentido, donde también intentó que el amor prevaleciera en forma de justicia. No tuvo existo, sino todo lo contrario.
Debió huir perseguido por la atrocidad de la que había escapado de bebé. Al llegar a su nuevo hogar, de inmediato rescató a unas damas en problemas, poniendo en marcha nuevamente su amor.
Al tiempo, cuando trabajaba cuidando animales, uno se perdió en el desierto, y por amor se aventuró (sin arriesgar su vida ni salud) para rescatar al animalito.

Era un hombre de amor y por amor.
Su obra continuó y sigue vigente, con muchísimo amor por doquier.

Se trata de Moshé/Moisés.

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