Casa de esclavitud

La Revelación del Todopoderoso en Sinaí ante todo el pueblo judío comenzó con las palabras:

«אָֽנֹכִי֙ ה אֱלֹהֶ֔יךָ אֲשֶׁ֧ר הֽוֹצֵאתִ֛יךָ מֵאֶ֥רֶץ מִצְרַ֖יִם מִבֵּ֣ית עֲבָדִ֑ים :
‘[Haz de saber que] Yo soy, el Eterno tu Elohim que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud:»
(Shemot/Éxodo 20:2)

Con esta carta de presentación el Señor comenzó a dar a conocer de manera pública y evidente Su Voluntad sintetizada en el Decálogo (los mal llamados “diez mandamientos”, que en realidad son 14 dentro del cuerpo de 613 preceptos que Él dio ha Israel).
No fue a un profeta ni a un grupo de acólitos, sino a toda la nación hija de los patriarcas. Cincuenta días después de haber salido de Egipto, ahí se encontraban, con un solo corazón, como una sola alma, siendo receptores sagrados del más sagrado de los mensajes jamás revelado a nación alguna.

Infinidad de enseñanzas podemos destacar de estas palabras, pero por estar preparando el próximo Pesaj (el cual festejamos ya hace 3331 años), quiero detenerme solamente en el final del párrafo, donde dice: “de la casa de esclavitud”.
Porque lo lógico hubiera sido que dijera “de la esclavitud”, sin embargo el Creador en su plenipotenciaria Sabiduría escogió recordarles a los israelitas que fueron rescatados de la CASA de la esclavitud.
El Padre Celestial seguramente que algo importante está queriendo que aprendamos con la adición de esa palabrita: casa.

Una de las moralejas es la siguiente.
Toda esclavitud es terrible.
Las hay internas y externas, unas que nos impone nuestra mente y otras que nos cuelgan los matones de turno.
Están las que se llaman adicciones, y está aquella que son los hábitos negativos.
Está la que somos sirvientes de los amos, y esa en la cual una emoción nos impide desarrollar nuestros potenciales.
Diversas y variadas caras tiene la esclavitud, pero es peor aquella que uno la vive como si estuviera cómodamente instalado en casa.
Que es cuando ya no le duele la falta de libertad.
Cuando justifica las angustias.
Cuando encuentra que está bien merecido el castigo injusto.
Cuando disculpa al violento y condena al inocente.
Cuando trabaja para engrosar la muerte y resta a la vida.
Cuando uno se acomoda a la limitación espantosa de la celdita mental, a la que llama hogar.
Es la torturante esclavitud que se hace corriente y cotidiana, que ya no nos llama la atención ni nos altera. Pasa desapercibida, se ha normalizado.
La sentimos nuestro hogar, a esas barracas propiedad del amo que nos ha robado de nuestra patria y sometido a la tortura de vivir una vida ajena en una tierra que no es nuestra.
Es cuando clamamos por salvación al EGO (el cual también es TODOS los dioses de las religiones), y creemos que solamente él nos redimirá de nuestros malestares.

Viene Dios, el Uno y Único, el Verdadero y nos dice que Él no nos sacó solamente de un territorio físico en particular, ni quitó de encima nuestro los garrotes castigadores de los capataces egipcios.
Nos está anunciando que Él es quien nos libera de sentirnos a gusto siendo esclavos.
En Su Revelación quiere nuestra rebelión.
Que despertemos, tomemos conciencia, suframos con nuestra impotencia para no permitir más al EGO ser nuestro amo. Que tomemos las riendas de nuestra vida, que seamos responsables y comprometidos para cambiar rumbo a la Tierra de Promisión. Que dejemos las excusas y no permitamos más que el torturador nos someta. Él quiere que dejemos de llamar “casa” a lo que nos está matando en vida, a lo que nos esclaviza.
Es Dios el que con Sus mandamientos, 613 para el pueblo judío y 7 para cada una de las personas gentiles, nos ordena salir de nuestro Egipto personal, a romper las cadenas de las obsesiones, a no tolerar más el hostigamiento de nuestras emociones distorsionadas.

No podemos permitir un minuto más la creencia de que la esclavitud que padecemos es merecida y esta celdita mental es el mejor lugar del mundo.
No debemos dar más poder al EGO, con sus falsedades, su religión, sus creencias de impotencia.
Tenemos que confiar en el Eterno y dar ese paso necesario para fortalecernos.
Llenarnos de pensamientos positivos, decir palabras positivas, elogiar positivamente, agradecer, rezar, combinarnos para crecer junto al prójimo.
Ponernos en campaña para conquistar la Tierra de Promisión, porque lo podemos conseguir y sin esperar milagros.
Y recuerda que está en tu mente tu enemigo más fuerte, en el Sistema de Creencias que te inhabilita, que te postra, que te esclaviza y te hace sentir que toda la tragedia que padeces la tienes merecida y es insoslayable.

Que este Pesaj no nos agarre en la casa de la esclavitud.

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