La maldita queja

¡Ah, la queja!
Qué vicio fatal es la queja motivada en el EGO, es decir, en la impotencia que nos dispara mecanismos primitivos de aparente fuerza y dominio de otros.

Porque, convengamos que hay quejas que son razonables, admisibles y hasta podrían ser necesarias.
Sería cuando reclamamos ante una falta o injusticia que estamos padeciendo. En este caso más que un clamor indigno sería una expresión del dolor, un alerta de protesta, un instrumento rudimentario para poner en marcha procesos de corrección.
Es cuando, por ejemplo alguien se nos cuela en la fila y con la pretendida viveza criolla (de cualquier parte del mundo que fuera) ejerce su falta de consideración, irrespeto, burla y entonces levantamos la voz para ubicarla.
Es cuando el gobierno atropella los derechos de los ciudadanos y habitantes, y el pueblo sale a reclamar por lo que es justo.
Es cuando la maldad ronda en tanto los buenos y justos tienen que esconderse.
Sí, esa queja es positiva, aunque no es más que una mínima parte de lo que se precisa para corregir el mundo.

PERO esta la otra queja, esa con la cual comenzamos “quejándonos” al principio de este estudio.
La que brota del resentimiento, la que es un lamento impotente, la que no reconoce los bienes para enfocarse solo en los inconvenientes.
La que se queja porque no tiene una moneda para completar la centena, dejando de valorar y agradecer por las 99 que sí posee.
La que está desconforme con la vida, pero no ejecuta cambios racionales y pertinentes, sino que espera que el universo mágicamente le responda a sus deseos.
La que se ahoga en su impotencia, real o imaginaria, y lucha contra el fantasma de ser inútil, incapaz, carente de poder y control.

Es ésta la queja terrible, inválida y que invalida.
Es la que debemos evitar a toda costa, para no caer en un remolino descendente de degradación y controversias estériles.

Uno ejemplo de este vicio tortuoso lo brinda la parashá de esta semana (Behaalotejá):

«Aconteció que el pueblo parecían amargamente quejumbrosos a oídos del Eterno.
Lo oyó el Eterno, y se encendió Su furor; y un fuego del Eterno ardió contra ellos y consumió un extremo del campamento.
Entonces el pueblo clamó a Moshé, y Moshé oró al Eterno; y el fuego se extinguió.
Y llamó a aquel lugar Tabera, porque el fuego del Eterno ardió contra ellos.
Entonces el populacho que había entre ellos se dejó llevar por la gula.
Y también los Hijos de Israel volvieron a llorar diciendo: –¡Quién nos diera de comer carne! Nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos.
Pero ahora nuestro apetito se reseca, ya que no hay ante nuestros ojos más que el Man [Maná].»
(Bemidbar/Números 11:1-6)

La envidia, el resentimiento, la amargura, la ingratitud, la impotencia, el desprecio, la gula… ¡vaya a saber cuántas bajezas estaban moviendo a este populacho a sus quejas!
Mientras renegaban de las bondades estupendas que recibían de gratis por parte del Eterno.
Y agregaban agravio a la ofensa, porque mentían acerca del pasado, elogiando maravillas que decían haber disfrutado pero que realmente jamás pasaron por sus vidas.
Y los débiles entre los israelitas se contagiaron de ese quejicoso populacho, dejándose llevar por los pastores de la destrucción hacia su destrucción.

¡Tenemos mucho que aprender!
Mucho por valorar, por apreciar, por agradecer.
Enfocarnos en lo positivo, sin negar lo negativo.
Hacer el esfuerzo para que prospere la semilla de LUZ y no las del mal.

Entonces, menos queja y más agradecimiento.
Menos esperar mágica respuesta y más acción constructora de un mundo mejor.

Ahora que conoces estas dos formas de la queja, puedes elegir una, otra, las dos o ninguna.
¿Tú qué opinas?

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