Los que suben y los que quedan

Con gran sabiduría el divinamente inspirado salmista cantó:

«מִֽי־יַעֲלֶ֥ה בְהַר־ה’ וּמִֽי־יָ֝ק֗וּם בִּמְק֥וֹם קׇדְשֽׁוֹ :
¿Quién subirá al monte del Eterno? ¿Quién permanecerá en su lugar santo?»
(Tehilim/Salmos 24:3)

Notamos que empleó dos verbos absolutamente diferentes.
El primero es ascender, subir.
En la segunda pregunta usa el verbo permanecer, quedarse.
¡Y no es casualidad o mero truco de poeta!

Es que para ascender en las cosas sagradas, sincronizar la vida con las sendas espirituales, despojarse del EGO para redescubrir la NESHAMÁ, se precisa de ciertas conductas y actitudes.
Determinación, sacrificio, entrega, jugársela por las metas que se quieren alcanzar, cortar con cosas del pasado, ponerse en marcha, romper con la pereza, etc.
Hay algunos que lo consiguen y van escalando en su escalera sagrada, conectado su terrenidad con su eternidad.
Como si estuvieran dando vida al sueño de Iaacov, aquella famosa visión onírica en la cual los emisarios del Eterno subían y bajaban por la escalera a los cielos.

Pero luego, ¿qué?
Llegaste hasta el monte del Eterno, subiste a su cima, recorriste sus patios, conociste sus muros.
¿Luego qué?

No es extraño que se comience la bajada, habiendo conseguido el objetivo se afloja el empeño, se pierde el interés, se encuentran razones para ser perezoso, se inventan excusas para no esforzarse, se justifican las cosas incorrectas, etc.
Como el que con gran esfuerzo siguió una dieta súper rigurosa y consiguió bajar montón de peso, hasta llegar a la figura que el médico le recomendó, que su espejo le alabó.
Poco rato después un cumple por acá, una escapada con amigos por allá, una pizza en familia una noche y poco a poco, como escurriéndose cual víbora sigilosa, los kilos vuelven a ocupar su sitio en ese cuerpo.
Se recuerda con añoranza, y supongo que odio, el sacrificio del tiempo de la dieta.
Uno argumenta que cuando quiera vuelve a bajar de peso, que por ahora no porque pasado mañana cumple la nena, la otra semana se casa la prima, y luego vienen las fiestas.
Pero después de las vacaciones, algún lunes posterior a terrible atracón de cosas gordas, ese lunes arranca la dieta.
Pero sabemos que no será así… ¿no?

PERO, están las otras personas.
Aquellas que habiendo conseguido llegar al lugar santo lo reconocen, lo valoran, lo respetan, lo agradecen.
Toman conciencia del tremendo mérito de estar allí, de poder darse cuenta de que es más que el monte del Eterno: ¡es el lugar de la santidad!
Por eso ponen en marcha otras virtudes muy necesarias, como la paciencia, la constancia, la persistencia, el compromiso, el dejar fluir, el no aferrarse, la honestidad consigo mismo, etc.
Son los pocos que permanecen, persisten, perviven.

Como vemos, esto se puede aplicar a los asuntos espirituales, a los terrenales, a los que son confluencia de ambos.
Entonces, piénsalo en tus estudios, en tus negocios, en tu actividad comercial, en tus compras, en tu relación de pareja, con tus hijos, con amigos, con la gimnasia que haces o dejas de hacer, etc.
Velo y verás.

Ahora que conoces estas dos opciones, puedes elegir una, otra, las dos o ninguna.
¿Tú qué opinas?

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