El enojo

El enojo, ese gran defecto que nos atormenta tan a menudo.
Esa conducta que debemos a toda costa evitar.
La furia, esa que los Sabios enseñaron es una forma vil de idolatría (Maimónides – Hiljot Deot 2:2) y que debemos extirpar por completo de nuestra vida. Ya que todas las otras conductas negativas pueden tener algún aspecto positivo, aunque sea en un mínimo grado, pero el enojo es todo perverso.

¿De donde sale el enojo?
Siempre, sin excepción es el sentimiento de impotencia que dispara el enojo.
Esto no quiere decir que ese sentimiento siempre se manifieste en actos furiosos, porque hay personas que reaccionan huyendo, tratando de evitar la confrontación; por tanto, corren asustados y sin evidenciar agresividad hacia lo que les causa el terror.
Pero, cuando encontramos enojo, siempre, indefectiblemente habrá un sentimiento de impotencia en la base.
Éste podrá explotar hacia fuera, o dañar hacia el interior de la persona; a veces podría ser dominado en la superficie para ser guardado en secreto; otras veces podrá ser combustible para una agresividad más fría y calculadora, pero que no deja de ser furia, acción destructora, empeño por conquistar ese sentimiento de impotencia y demostrar que se tiene el poder.
Lo cierto es que, aquel que está dominado por el enojo, NO tiene el poder.
Si cuenta con sabiduría, ésta se evapora.
Si es perspicaz, queda obnubilado.
Es terrible la furia, para dentro y para fuera.

Entonces, cuando estás frente a una persona desatada en ira, sus agresiones son demostración de su sentimiento de impotencia y el escaso control que tiene.
Ella se siente débil, perdida, empantanada, limitada, oprimida, carente, todo lo que resulta en una impotencia y por tanto se le dispara el enojo y con el la agresión.
Mira en tu propia experiencia, recuerda con sinceridad cuando te enojaste, y fíjate en cómo había alguna cosa que te estaba haciendo sentir impotente.
¿Recuerdas?
¿Comprendes?

Ahora, hay que tener bien en claro que el sentimiento de impotencia puede ser causado por la imaginación, es decir, no hay un límite real, algo que se pueda señalar como el causante de esa limitación que sentimos. Solamente se encuentra en nuestra imaginación. Es una faltante que hemos inventado, sin correlato en la realidad.
Su única existencia es en nuestra creencia.
Esto que podría hacerlo parecer como más sencillo de solucionar, en verdad es un obstáculo tremendo, porque no hay algo concreto que podamos reconocer e identificar.
No es la pobreza en nuestro bolsillo, no es nuestra debilidad muscular, no es nuestra ignorancia del idioma, no es nuestra falta de aptitud para una tarea, no es… nada de lo que constituye un límite real.
Está enquistada esta falencia en nuestro Sistema de Creencias y por tanto nos manejamos como si tuviera existencia, cuando su única realidad está en la mente. Cuando la adoptamos como real, es que la convertimos en tal.
Entonces, supongamos que me invade el sentimiento de impotencia por una limitación imaginaria y me enojo, ¿eso quitará ese fantasma inexistente del medio? ¿O acrecentará mi malestar, ya que ahora no solamente imagino una impotencia sino que insulte a mi pareja, rompí un vidrio, renuncié a los gritos a un trabajo, etc.?

Si el sentimiento de impotencia es causado por un factor concreto y no hemos madurado nuestras respuestas, también reaccionaremos primitivamente, con agresión, con estrés, con lo que está programado en nuestros mecanismos básicos de defensa.
Pero si hemos ido aprendiendo a controlar nuestra conducta, entonces al sentir el enojo nos damos cuenta de que algo nos está molestando, algo nos pone en impotencia y entonces… ¡no reaccionamos automáticamente!
Tomamos decisiones, manteniendo el enojo a raya.
Si la impotencia puede ser trabajada y logramos el poder, entonces no hay más impotencia.
Si no hay manera de vencerla, entonces tampoco vale la pena explotar en furia, porque sabemos que no conseguiremos nada positivo.
Si es cuestión de que se den ciertos factores, pero todavía no es el momento, seguramente que la opción del enojo no aporta a la resolución, sino que con inteligencia y prudencia tomaremos medidas para ser pacientes.

Suena fácil decirlo, pero ciertamente no lo es.
Ya que no solemos aprender a dominar nuestro impulso, por el contrario ejercitamos los aspectos más oscuros de nuestra personalidad.
Pero es posible hacer el cambio y mejorar, y obtener poder para no seguir siendo esclavos del EGO.

Ahora, cuando es otro el que explota, no trates de apaciguarlo en el momento de la explosión furiosa. Porque tus intentos serán mal recibidos, estarás echando combustible al fuego de la baja pasión. Tampoco repliques, ni quieras demostrar que el enojado está equivocado, con ello aumentas su sentimiento de impotencia y haces que dirija sus agresiones a ti. Tampoco trates de razonar, no es momento para que la mente del otro funcione ya que está secuestrada por su emoción perturbadora.
Es decir, no hagas nada que implique que el otro es impotente y carece de control; pero tampoco des la idea de que tiene razón porque está a los gritos, amenazando o insultado.
La alternativa más constructiva es no recibir la agresión, no asumirla, no continuarla, no responderla.
Evitarla, que resbale como si tuviera un excelente impermeable que repele por completo las aguas amargas de la agresión furiosa.
Soportar con inteligencia, para ganar en verdad.
Permitir que el otro descargue su enojo, siempre y cuando no dañe a otros o a sí mismo, ni a ti obviamente. Que con esos actos enfurecidos de fuerza, pero carentes de poder, se sienta como poderosa… aunque no lo sea en realidad. Para cuando se calme, porque naturalmente la tormenta baja de intensidad ya que la energía se desplaza, entonces, llegado el momento de la calma ver qué hacer, siempre tomando en cuenta de no volver a encender la chispa de la impotencia en el otro. A pesar de todo el vaivén emocional, es uno que tiene que ser poderoso y por tanto respetuoso, amable, empático, pero sin permitir daños ni tampoco que el enojado se crea dueño de la verdad simplemente porque grita más locamente.
Nada fácil, pero necesario.

No alimentes la mala hoguera, ni la tuya, ni la del otro.
Actúa con sabiduría, no con emoción. Porque las emociones son el combustible para el motor, pero el timón nunca debe estar en manos de la emotividad.

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