El día que rabí Akiva no supo escuchar

En la parashá Vaetjanán nos encontramos el relato de Moshé al respecto de la Revelación de Dios en Sinaí, con la consiguiente proclama de los ASERET HADIVROT, los mal llamados “Diez Mandamientos”. También se encuentra el párrafo que está en el núcleo del judaísmo, como lo es el SHEMÁ ISRAEL ADONAI ELOHEINU ADONAI EJAD (Escucha Israel, el Eterno nuestro Dios, el Eterno es uno/único).

Es interesante notar que en esta parashá la palabra SHEMÁ (escucha) y sus variantes lingüísticas se encuentra 23 veces, siendo que en todo el libro de Devarim/Deuteronomio está un total de 91 veces, lo que representa un poco más del 25%.
Entonces, probablemente no sea coincidencia que un cuarto de las ocasiones que encontramos el “escuchar” en el discurso de despedida de Moshé estén aquí, justamente conectadas con los ASERET HADIVROT y el central SHEMÁ ISRAEL.

Tratemos de pensar uno de los motivos para esto.
Para lo cual, prestemos atención a lo que el Talmud acerca de una ocasión en la que el rabí Akiva andaba recaudando fondos para una causa digna que él patrocinaba. Cuando se acercaba a la casa de un colaborador habitual, escuchó que éste le decía a su hijo: «Ve al mercado y compra los restos de verduras, porque son más baratos». Al escuchar esto rabí Akiva se marchó y fue a recolectar fondos en otros lugares. Solo regresó a esa casa después de que había recogido la mayor parte del dinero que estaba necesitando. Al presentar su modesto pedido al contribuyente, éste le pregunta: «¿Por qué no viniste a mí primero?.
Rabí Akiva le contó la conversación que había escuchado y que no deseaba imponerle una donación mayor cuando estaba en dificultades financieras.
El hombre repuso: «Solo escuchaste un trozo de conversación con mi hijo, pero no estabas al tanto de mi comunicación con Dios», es decir, de qué estaba detrás de sus palabras, qué estaba motivando su pedido de comprar las verduras más baratas en el mercado.
Rabí Akiva no preguntó, sino que escucho y de inmediato armo una representación mental, sin cotejarla con la realidad. Porque, en vez de preguntarle al hombre, sea para no avergonzarlo, o para no ponerlo en aprietos económicos, o por lo que fuera; en lugar de comunicarse auténticamente, el rabino prefirió actuar movido por su suposición. ¡Y eso que era un sabio impresionante, lleno de conocimiento y experiencia!
El hombre siguió explicando: “Cuando economizo, lo hago con los gastos de mi hogar. La tzedaká permanece sin cambios”.
Es decir, cuando se deben hacer recortes presupuestarios, todos tienen sus prioridades y se manejan de acuerdo a cómo valoran las cuestiones de la vida.
Están los que consideran prioritario los placeres, los lujos, los objetos de estatus, aquello que puede considerarse un trofeo aprobado por la sociedad.
Otros se deleitan con cuestiones más sensoriales, básicas, e igualmente pasajeras.
Hay personas que recortan en el disfrute, pero se dedican a no escatimar en lo que significa inversiones financiares, comerciales, laborales, etc. Entre estos están también los que no economizarán en la importante inversión que es la educación de los hijos.
En tanto que hay personas que siguen considerando aquello espiritualmente motivado como su principal emprendimiento.
Por lo visto rabí Akiva juzgó erróneamente al hombre, y si eso le pudo suceder a él, con toda su nobleza y altura, ¡imagínate cuánto podría sucedernos a nosotros, que somos apenas pequeños alumnos de sus alumnos!

Entonces, ¿qué tenemos para aprender?
El enorme valor de ESCUCHAR, pero que no solamente entré el sonido por lo oídos, sino que nos tomemos el tiempo para procesar la información, cotejarla, valorarla, preguntar, volver a preguntar, absorber él conocimiento e integrarlo en nuestro sistema.
Entonces, detener la reacción automatizada del Sistema de Creencias, no permitiendo que los prejuicios ganen la partida.
Escuchar como elemento fundamental en la tarea de aprender y des-aprender, para poder llevar una vida más saludable e integrada.

Porque, tristemente, no todos hemos aprendido a escuchar, pero a escuchar de verdad. No para responder, no para criticar, no para debatir y buscar tener la razón, no para demostrar que brillante somos, no para zafar de compromisos, etc.
Sino escuchar para compenetrarnos del mensaje que el otro tiene para compartir con nosotros y por ello comunicarnos auténticamente.

A veces lo que la persona necesita es simplemente alguien que le preste atención, de verdad. Una escucha activa.
Alguien que escuche con empatía, y que no dé consejos, que no opine, que no dé catedra, que no quiera hacer otra cosa más que ser esa persona receptiva que está ahí para que el otro pueda decir lo que tiene/quiere/puede decir.

Si aprendiéramos a escuchar de verdad, entonces estaríamos viviendo en un mundo mucho mejor.
¿Escuchaste  hasta aquí?
¿Tienes algo para decir?

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