Para que nos vaya bien

El egoísmo es el movimiento para favorecerse, sin tomar en consideración a otros.
Desde todas las perspectivas, pero en especial desde la espiritual, es una manifestación de desequilibrio, de falta de estabilidad, de debilidad.
La persona poderosa no precisa de trampas al solitario, como lo es el egoísmo. Se sabe y siente con la suficiente confianza y potencia como para estar abierto a los demás, dispuesto a ser solidario, preparado para dar una mano a quien la precise. Sin embargo el egoísta, en su interior se siente débil, flojo y atrapado por sus conflictos y miedos; por eso, como puede construye una muralla, para esconderse detrás, para guarecerse de lo que siente como amenazas aunque quizás nadie le esté amenazando ni esté en una situación riesgosa. Con el egoísmo pretende protegerse, cuidar de los limitados recursos que siente se le escapan y de los cuales no tiene control.

Por supuesto que en modo alguno evidencia amor a sí mismo, ni qué decir que tampoco hacia otro.
Esto es necesario explicitarlo, porque se pueden encontrar algunos intentos de definición que ponen al egoísmo como un excesivo amor por sí en desmedro de otro.

Pero, ¿por qué te estoy diciendo que en verdad NO es amor por sí mismo el egoísmo?
Primero, porque va en contra de la naturaleza del amor.
Éste es el lenguaje de la NESHAMÁ, el espíritu, la chispa Divina, que busca la conexión, que se usa para unir, que se expresa en beneficiar generosamente al otro.
Entonces, es imposible que un egoísta esté saturado de amor por sí, puesto que no hace ni siquiera un intento por favorecer a otro, porque es incapaz de sacar del encierro en el cual se encuentra su corazón (parte profunda de su mente).

Segundo, porque el amor es tomar conciencia del otro, comunicarse auténticamente para conocer sus necesidades, respetar al otro en su integridad, ver de cómo ayudarle sin cohibirle o aprisionarle con “el favor” y no esperar nada a cambio por nuestra acción.
Al amar nos tenemos que abrir al otro, conocerlo, apreciarlo, quizás no comprenderlo pero sí aceptarlo.
El egoísmo es absolutamente todo lo contrario, no hay mucho más para agregar.

Tercero, para el egoísta el otro no es un ser valioso en sí mismo, sino que es un objeto para ser usado para obtener el propio beneficio. Siendo así, el egoísta está cegado por una visión muy sesgada de la realidad y rechazando la humanidad de los demás, y con ello la suya propia.
En ese ambiente mental intoxicado difícilmente se pueda hablar de amor. El otro es un yo, tal como yo lo soy; pero no pasa así en la valoración del egoísta, para quien el otro es siempre un otro y lo único que interesa de él es qué beneficio le puede dar.

Para ir concluyendo, la peor inversión que uno puede hacer es la del egoísmo, porque con desespero se trata de beneficiarse, pero en definitiva termina aumentando su crisis y pobreza. Porque podrá nadar en abundancia material el egoísta y acrecentar a diario su fortuna material, pero la capacidad de disfrute está anulada, o al menos quebrada. Su plenitud está bloqueada, ya que está limitado por su pequeñísimo corazón.
Y en verdad, suele ocurrir que tampoco disfruta del mundo físico, porque es tanta su desconexión e inestabilidad que difícilmente su plano emocional esté con el balance suficiente como para habilitar el placer original.
Triste vida la que se fabrica el egoísta con su egoísmo.

¿Es posible romper esta pesada cadena, esta maldición trastornadora?
Sí, por supuesto que sí.

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