Emoción y mente

Cuando las emociones han secuestrado las funciones mentales y por tanto dictan las ideas, es extremadamente difícil que puedas convencer racionalmente.
El pensamiento está bloqueado y las palabras conciliadoras no penetran las murallas.
Es éste uno de los sabios motivos para que los antiguos maestros dijeran:

“No intentes tranquilizar a tu prójimo cuando está enojado, ni consolarle cuando su difunto está ante él…”
(Pikei Avot 4:18)

En estas situaciones hay que aprender a guardar silencio, calmarse interiormente para transmitir afabilidad exterior, surfear la ola embravecida para que no se convierta en destructora y eventualmente imparable.
Por supuesto que tampoco hay que echar combustible a la llama, para que no se extienda el incendio.
Por eso, lo inefectivo de las disputas que se sostienen en la emoción y que luchan para ver quién vence, para demostrar quien domina. Esas interacciones que solamente finalizan con al menos uno de los dos contendientes destruido o atragantado, pero sin verdaderos ganadores.
A diferencia de las discusiones basadas en la razón, aunque movidas por emociones también, que se desarrollan para encontrar algún punto de contacto, acercarse a la verdad, limar asperezas, conocer más, aclarar las cosas, lo que fuera que aporte ventajas para ambos participantes.
Si el otro está atormentado por emociones, espera con tranquilidad, sé fuerte, entonces no caerás en el ciclo demoledor de la impotencia.
Y, si eres tú el que está atrapado por la sinrazón, pues… ¿cuál te crees que será mi consejo ahora?

Cuando ambos estén en calma, cuando sea la mente la que comanda y no la pasión, entonces pueden ver de dialogar, negociar, acordar, debatir, razonar, llegar a alguna forma de entendimiento provechoso.
Para lo cual será bueno tener en cuenta las siguientes pautas:

1. Sean socios: autoridad compartida. Demostración de confianza. Requerir la experiencia y saber del otro. Utilizar un enfoque racional que conduce a resultados prácticos.
2. Aprendan: preguntas abiertas para conseguir información personalizada y conocer las opiniones del otro para valorarlas y considerar qué es lo que se puede mejorar.
3. Respeten: no jugar con la aversión a la pérdida, ni cualquier otro miedo que pudiera perturbar al otro. La idea es que ambos sientan poder y no una disputa para ver quién es menos impotente.
4. Aprueben: hagan sentir al otro que es valorado y valioso.
5. Confirmar: repita algunas de las palabras o frases del otro, de manera respetuosa, de modo tal que se sienta tomado en consideración.

Con estas pautas se establecen sólidos puentes que entrelazan a las personas y producen efectos positivos multiplicadores.

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